La sociedad argentina es autodestructiva

Un análisis semiosófico del decreto 70/23

Resumen

En este artículo ensayístico se aplica una metodología de análisis sobre el cuerpo principal o estructura del decreto 70/23, sin particularizar en sus detalles. Esta metodología, a la que se denomina semiosófica, parte de seis conceptos articulados entre sí, mutuamente interdependientes: la forma, el signo, el símbolo, el enunciado, el discurso y la cultura. Lo que se asume como caso de estudio es siempre la relación de un sujeto con un objeto. Una relación entre dos elementos que tiene dos estados posibles: conjunción o disyunción. El texto del decreto 70/23 se utiliza como corpus o muestra, pero no se identifica con el caso. Lo que se estudia es la relación de conjunción de la sociedad argentina con una tendencia autodestructiva. En el marco teórico y metodológico que se denomina semiosofía, el caso se enuncia siempre como una aserción que establece un vínculo entre un sujeto y un objeto, a esa aserción descriptiva se la denomina síntoma. El sujeto y el síntoma que se propone como caso de estudio es que la sociedad argentina es autodestructiva. El estudio, que parte de esta aserción de tipo descriptiva, intenta buscar explicaciones o hipótesis explicativas respecto a esta conjunción problemática y, en base a esas hipótesis explicativas, a las que en su conjunto de las designa como diagnóstico se proponen ciertas prescripciones que tiendan a minimizar el daño que la situación identificada produce.

Palabras clave: Milei, semiosofía, hermenéutica, DNU 70/2023, análisis del discurso.

La singular pieza de texto que constituye el corpus de esta investigación está titulada Bases para la reconstrucción de la economía argentina y se aproxima a la forma de un decreto. Se aproxima a esa forma enunciativa, que se debería inscribir en un género textual: el jurídico y, más particularmente, el normativo. Se aproxima, pero no tiene esa forma, fuertemente codificada. Tiene ciertas características que le confieren el carácter de una singular pieza literaria[1]. Como acontecimiento enunciativo el texto al que refiero aparece inscripto, en lo discursivo, como una anomalía desde el punto de vista del género: el jurídico y, más particularmente, el subgénero normativo. Una anomalía, claro, que en estas circunstancias históricas constituye una verdadera provocación hacia el conjunto social que constituye la población de nuestro país. No está dentro de mis competencias hacer un análisis jurídico de lo que está escrito en las ochenta y tres (83) páginas del texto.

Intentaré, entonces, en el marco de una metodología en la que interactúan de manera solidaria y articulada los siguientes seis términos: forma, signo, símbolo, enunciado, discurso, cultura, realizar un estudio de caso respecto de la tendencia autodestructiva de nuestra sociedad.  Tendencia que se refleja en el DNU 70/2023, que opera en este estudio como una muestra de la condición patológica[2] en la que se encuentra nuestro país. Se constata la presencia de rasgos discursivos que, desde el ámbito de la comunicación, podemos caracterizar como asociados a patrones de interacción esquizofrenizantes (Watzlawick et al., 1991, apartado 6.4.3). 

            La secuencia metodológica del análisis que sigue incluye cuatro partes:

  1. La primera parte: en la que se propone la relación entre el objeto y el sujeto (síntoma) y se da una somera cuenta de las características y los antecedentes del acontecimiento enunciativo (historia clínica);
  2. La segunda parte: En la que se expresan ciertas hipótesis interpretativas (diagnóstico) respecto del acontecimiento enunciativo del que participa el texto a partir de su consideración como forma, como signo y como símbolo.
  3. La tercera parte: En la que se expresan ciertas hipótesis interpretativas (diagnóstico) respecto del acontecimiento enunciativo del que participa el texto a partir de su consideración como enunciado, como discurso y como cultura.
  4. La cuarta parte: En la que se proponen ciertas prescripciones a partir del diagnóstico  elaborado anteriormente[3].

Para mayores precisiones sobre el marco teórico y metodológico planteado aquí remito al lector a dos textos que, aunque todavía inéditos y aún en estado de preparación, dejo a su disposición para consultas. En cuanto al marco teórico remito a Exploraciones en el  Infierno – Primera parte (Vía, s. f.-b) y en cuanto al marco metodológico remito a Exploraciones en el Infierno – Segunda Parte (Vía, s. f.-a).

El síntoma: La sociedad argentina es autodestructiva

Historia clínica

Se postula aquí un sujeto: la sociedad argentina[4] y una atribución: la de que ella es autodestructiva. En términos de la semiótica narrativa se trata de un sujeto conjunto con un objeto: la sociedad que está conjunta con una compulsión destructiva de su propia identidad nacional. La continuidad de las guerras fraticidas y genocidas (la Nación Mapuche y la Nación Guaraní, dos de las víctimas de genocidio) que caracterizaron al siglo XIX se prolonga en el siglo XX a través de los flujos y reflujos de proyectos emancipatorios castigados por dictaduras militares con prácticas genocidas de Terrorismo de Estado. Ese proceso, común para toda el área sudamericana, toma forma en el siglo XXI en figuras simbólicas como las que encarnan el fiscal Nisman, el comisario Chocobar o los gendarmes asesinos de Santiago Maldonado. La recurrencia de la figura emblemática de Patricia Bullrich en el espacio público, asociada en lo personal y en diversos roles a hechos y formas discursivas violentas, tendría su explicación en esa compulsión de muerte que aflora recurrentemente en nuestra sociedad.[5]

El acontecimiento enunciativo: un decreto de más de 36.000 palabras

El 21 de diciembre de 2023 se publican en el Boletín Oficial nueve decretos. En tres de ellos se designan, por los decretos 66/2023; 67/2023 y 69/2023, a los subjefes de la Gendarmería; la Policía Federal y la Prefectura Nacional. No más de doscientas palabras tiene cada uno de esos documentos. Como contraparte, más de 36.000 palabras conforman el texto abierto y dislocado, deforme, del decreto que les sigue, el 70/23. Una verdadera anomalía en cuanto al subgénero normativo en el marco del género jurídico.

Hipótesis interpretativas

El decreto como forma, como signo y como símbolo

La forma se convierte en signo y esa operación completa el proceso de significación. Pero es recién cuando el signo se convierte en símbolo que se realiza la operación más importante: la producción de un sentido direccionado, un sentido que me afecta emocionalmente.

El decreto como forma.

Lo que se puede esperar de un decreto actualizado en cuanto al género discursivo del que forma partes es que, al menos, se corresponda con las actuales buenas prácticas legislativas, fuertemente codificadas, por cierto[6]. No ocurre así en este caso. En el caso del decreto firmado por Milei esa fórmula no se aplica. Se exhuma una formula ya obsoleta al iniciar el texto con un visto y considerando que no permite distinguir los antecedentes de la decisión, respecto de los juicios sobre esos antecedentes. En cuanto al título del decreto es evidente el intento retórico de asimilación, por medio de una condensación metonímica, que se pretende establecer entre el decreto titulado Bases para la reconstrucción de la economía argentina y el libro de Juan Bautista Alberdi Bases y punto de partida para la organización política de la República Argentina[7].

El decreto como signo.

Esta abigarrada pieza de texto, cuya forma es necesariamente confusa, se puede describir como un signo multiforme e impreciso que vale más por lo ostensible de su arbitrariedad que por su contenido pragmático. Aunque su contenido pragmático sea arrasador. El signo, ilegible, pasa inmediatamente, y por su mismo incomprensible abigarramiento, a ser símbolo. Y, como símbolo, a constelar con el mito fundacional que tiene como emblemas a las figuras condensadas del ex presidente Mauricio Macrì  y del actual presidente Javier Milei: el mito operante de la fundación de una Argentina netamente neoliberal, limpia de kirchnerismo.

El decreto como símbolo.

La serie abierta de redundancias en su conjunto conforman una expresión incongruente y carente de sentido que se expresan en los ciento treinta y nueve párrafos encabezados por la palabra «Que»[8]. Eso no es casual. El formato del encabezado es también una marca tanto retórica como enunciativa, que viene a suplir, por repetición y abigarramiento, la posibilidad de justificar de forma argumentada la necesidad y la urgencia de que se dote al Poder Ejecutivo Nacional con la Suma del Poder Público. Todo es excesivo, dislocado, incongruente, como extraído de una pesadilla.

El decreto como enunciado, como discurso y como cultura.

Los enunciados agrupados en tipos más o menos estables configuran los géneros discursivos que circulan en diversas esferas de discurso. Diversas esferas de discurso se pueden articular en una cultura común que las contenga. Los conceptos de enunciado, discurso y cultura, más sociológicos que los de forma, signo y símbolo, nos introducen en la segunda parte de este recorrido interpretativo.

El decreto como enunciado.

El decreto tiene los cinco rasgos constitutivos del enunciado[9]: es una unidad conclusa que espera una respuesta a partir del intercambio de los sujetos discursivos, los interlocutores son el PEN y el Congreso; se debería inscribir en el género de la producción textual legislativa; tiene –es evidente en los vistos y considerandos- una entonación expresiva no congruente con la naturaleza del documento  y, finalmente, interpela a las y los legisladores de ambas cámaras tanto del oficialismo como de la oposición con un discurso infundado, cerril e intolerante[10]. Se trata, como ya se ha expresado anteriormente, de una unidad conclusa pero anómala, una expresión carente de sentido que, por lógica, no puede ser contestada.

El decreto como discurso.

El decreto, difuso, excesivo, inabarcable desde la racionalidad ciudadana y totalmente fuera de las normas de composición y de estilo propias de las tradiciones legislativas[11] viene a imponer, junto con el desconcierto social, la necesidad de transferir capacidades interpretativas y normativas a un sector dirigente de la sociedad que, supuestamente, sabe de las cosas acerca de las que trata ese asunto tan complicado. No hay un discurso coherente, no lo debe haber, y lo saben, ya que los públicos que consumen el tipo de productos políticos que representan figuras públicas como Macri, Milei o Bullrich, tienen marcadas diferencias internas. Bien se dice que la emoción primaria que los unifica es el odio hacia el enemigo interno (Eco, 2012). En términos de la comunicación política hay que mantener segmentado al colectivo de identificación  (Verón, 1987), no sea cosa que esos públicos diversos se miren entre sí y perciban que sus intereses son contrapuestos.

La sociedad argentina, que ha dejado de ser un pueblo, está ejerciendo su capacidad destructiva sobre sí misma. Así, nuestro territorio se está convirtiendo frente a nuestros ojos y en muy poco tiempo, en una tierra arrasada que servirá, como ya ha servido antes, para que “vengan las inversiones” y, con ellas, aparte de las técnicas de expoliación, los patrones culturales que las corporaciones que tienen como mascarón de proa a los Estados Unidos de América, un imperio decadente, admitan como pensamiento único.

El decreto como Cultura.

Finalmente llegamos a los debates al interior de una sociedad cuya mayoría ya eligió. Y eligió esto. La derrota es un hecho. No importa. La lucha, siendo conscientes de que la derrota es casi segura, nos hace más dignos y dignas. Nos ubica en el verdadero rol de la militancia: sostener la mirada. No claudicar nunca. Al fin de cuentas la ignorancia, la estupidez y el desparpajo son parte de la condición humana. Está en nosotros mantener el lenguaje a la intemperie y recordar a los que lucharon antes. Y planificar operaciones, claro. Planificarlas y ejecutarlas, recordando a Gramsci, con el optimismo de la voluntad y el pesimismo de la inteligencia. Que ambas cosas, junto con una preparación continua para la lucha contra el núcleo fascista que forma parte de la esencia de las sociedades del capitalismo tardío, son necesarias.

Lo que no podemos hacer, a mi entender, es caer en el juego de circunscribir la pelea a la reivindicación de los derechos sectoriales. La pelea es de conjunto y es política y los equipos de cultura debemos darla en los términos para los que hemos sido formados: los del debate por las hegemonías narrativas y de las constelaciones míticas en las que ellas se inscriben. Para precisar lo que digo: el problema no es que van a desmantelar a la industria audiovisual, o los circuitos teatrales, o lo que fuera. El problema es que van a imponer sus criterios de verdad acerca de lo que es “el curro ese del lenguaje”. El problema es que van a terminar de disecar el alma de nuestro pueblo. Ese es el problema. Y eso es lo que no les debemos permitir. Y eso empieza por nosotros, porque no nos sequen el alma.

El decreto como patología: Prescripciones para mantenernos sanos

La aceptación por parte de nuestro Congreso Nacional tan solo de los términos en los que está formulado el decreto implica, entre otras responsabilidades históricas que tienen las y los legisladores actuales, la aceptación de anomalías formales en los patrones de comunicación institucional. Esto es más grave aún que la consideración de sus contenidos. Rompe con la gramática de la comunicación institucional y con las convenciones mínimas mediante las cuales se regulan los comportamientos comunicacionales en el seno de la vida comunitaria.  Esa es la responsabilidad que tiene hoy cada uno y cada una de las personas que circunstancialmente son mandatarios de la voluntad del pueblo de la Nación. No podemos confiar en ellos. Debemos estar preparados para la traición, la flagrante traición a la patria prevista en la Constitución Nacional. La que permanecerá absolutamente impune en términos de la estructuras republicanas, actualmente coptadas por la hegemonía neoliberal.

Las formas del horror con las que convivimos diariamente pueden ocasionalmente debilitar nuestras defensas. Más allá de los reclamos sectoriales, que -eso está claro- se deben hacer sin aflojar en ningún momento, debemos prepararnos para sostener la mirada sobre un escenario infernal sin perder el ánimo. La forma artística, o -mejor- la producción simbólica meditada y consciente, es siempre también la consecuencia de un acto temerario. Y es en esa temeridad, en esa toma de riesgos, en donde reside lo más genuino de la experiencia estética. El resto es acomodarse a las normas del mercado o a las de las ideologías, que también se han convertido en bienes transables. Principios hay muchos, diría Groucho Marx. Más allá del mercado, más allá de las ideologías, en el núcleo de la experiencia del lenguaje, allí encontraremos el alimento que habrá de nutrir y hacer crecer una producción que, como la de los borrachos y los niños, pero con la madurez que otorga el conocimiento experto de los lenguajes artísticos, señale la incontestable desnudez del rey, el ridículo servilismo de la corte.

Referencias

Bajtín, M. (1998). Estética de la creación verbal (8.a ed.). Siglo XXI. https://circulosemiotico.files.wordpress.com/2012/10/estetica-de-la-creacic3b3n-verbal.pdf

Eco, U. (2012). Construir Al Enemigo. Lumen. https://es.scribd.com/doc/306798411/UMBERTO-ECO-Construir-Al-Enemigo

Greimas, A. J., & Courtés, J. (1990). Semiótica: Diccionario razonado de la teoría del lenguaje. 1: … (Reimpr, Vol. 1). Ed. Gredos.

Verón, E. (1987). La palabra adversativa. Observaciones sobre la enunciación política. En El discurso político. Lenguaje y acontecimientos. (pp. 13-26). Hachette. emioticaderedes-carlon.com/wp-content/uploads/2018/04/Veron-Eliseo-La-palabra-adversativa-observaciones-sobre-enunciación-política..pdf

Vía, L. (s. f.-a). Exploraciones_metodologia. Google Docs. Recuperado 30 de abril de 2022, de https://docs.google.com/document/d/1XY1S8SEr-3YZguixggMWt8oCtAQz6U55dJCkzSY06uY/edit?usp=embed_facebook

Vía, L. (s. f.-b). Exploraciones_teoria. Google Docs. Recuperado 30 de abril de 2022, de https://docs.google.com/document/d/1ZbU8vWLjOIFulfljdPYAOUAiiHXz2I8verXD_HNiJAQ/edit?usp=embed_facebook

Watzlawick, P., Beavin Bavelas, J., & Jackson, D. (1991). Teoría de la comunicación humana. Herder. https://drive.google.com/open?id=0BxPooV7mJEgfRHNLVVZVMzhEWUE


[1] El decreto tiene dieciséis títulos. Se trata de un decreto de 37.643 palabras, lo que por lo menos triplica el texto de la Constitución Nacional vigente, que tiene 12.572 palabras en sus veintiocho páginas. Los 139 considerandos inicializados con la palabra “Que”, funcionan más como una declaración de intolerancia hacia la oposición política que como fundamentos de los 366 artículos que forman el núcleo del decreto y que afectan a todo el plexo legislativo y normativo de la Nación, incluyendo a la propia Constitución.

[2] El Congreso de la Nación Argentina representado por sus dos cámaras puede convertirse, de convalidar esta iniciativa del Poder Ejecutivo, en una institución más. la tercera después del Poder Judicial de la Nación (Rosenkrantz, Lorenzetti, Maqueda y Rossi) y del Poder Ejecutivo (Milei), mediante las cuales –y por el concurso de los tres poderes de la República- el Estado Nacional colapse definitivamente.

El país que conocimos y que mantuvo cierta relativa continuidad institucional a partir de la puesta en vigencia de la constitución de 1859 (Recordemos que la Constitución de la Confederación Argentina fue firmada en Paraná en el año 1853 por trece provincias, pero no por la de Buenos Aires.) entraría así, con un Estado Nacional implosionado, a derivar hacia su disolución. Una deriva en la que veríamos expresarse sin ningún arbitraje, conflictos sectoriales y de clase. Conflictividad social que haría muy probable la posibilidad, siempre latente, de una redistribución de la hegemonía sobre el monopolio de la violencia. En resumen, aquello que en estas latitudes se define como un narcoestado. Algo parecido a lo que en algunas otras zonas del resto del mundo se les ha dado en llamar estados fallidos. No es una exageración. Un comediante, Vladimir Zelenzky, llevó a su pueblo al martirio. Un panelista de pensamiento abstruso y carácter enfático: Javier Milei, parece tener la intención de hacer lo mismo con el nuestro.

Los diputados y los senadores, elegidos por la mayoría de una sociedad que ha llegado a demostrar mediante sus decisiones electorales la decadencia en la que se encuentra, pueden ser cómplices de esta destrucción. Pero hay una distinción. Las masas populares son anónimas, los diputados y senadores no. La historia de nuestro país los tendrá en cuenta

[3] La interpretación no es científica, es artística. Las teorías y las metodologías pueden ser científicas, pero el ejercicio concreto de la interpretación en casos particulares es siempre personal y subjetivo.

[4] La «sociedad argentina» es una construcción simbólica reciente que pareciera no tener un sujeto atrás. En consecuencia puede disolverse sin que por ello quede lastimada ninguna identidad genuina. Quizás sea esa la piel vieja de la que debamos desembarazarnos para posibilitar que la piel nueva, que está ya madura, comience a cubrir la superficie del Abya Yala. La piel de «Argentina», incluso la piel de «América Latina»«», resultan anacrónicas y dislocadas respecto a la identidad de un sujeto cultural que no se siente contenido por esas representaciones alienadas.

[5] Pero hay algo más, aparte de la pulsión de muerte representada por Bullrich, hay otra compulsión: la del arraigado machismo que fuera desafiado por los diversos movimientos feministas y que tomó como objeto fóbico a la figura de las dos veces presidenta Cristina Fernández de Kirchner. La sociedad argentina, machista y animada por una compulsión autodestructiva, eligió en la figura de Milei a un reflejo lacerante y cruel de sí misma.

[6] Por ejemplo, que, aparte de su precisión y brevedad, distinga el apartado del visto respecto del apartado del considerando en el encabezamiento. Y que ambos apartados funcionen como argumento para la enunciación de la parte resolutiva.

[7] Una operación que asimila el DNU de Milei con el libro de Alberdi. Que, por lo que en semiótica narrativa se define como semisimbolismo (Greimas & Courtés, 1990) traslada los atributos personales de Alberdi a la figura de Milei.  Y lo más peligroso, una operación que equipara imaginariamente la Constitución Nacional convenida por una Convención Constituyente con un Decreto de Necesidad y Urgencia firmado por el circunstancial titular del Poder Ejecutivo Nacional.

[8]Que la República Argentina se encuentra atravesando una situación de inédita gravedad, generadora de profundos desequilibrios que impactan negativamente en toda la población, en especial en lo social y económico.

Que la severidad de la crisis pone en riesgo la subsistencia misma de la organización social, jurídica y política constituida, afectando su normal desarrollo en procura del bien común.

Que ningún gobierno federal ha recibido una herencia institucional, económica y social peor que la que recibió la actual administración por lo que es imprescindible adoptar medidas que permitan superar la situación de emergencia creada por las excepcionales condiciones económicas y sociales que la Nación padece, especialmente, como consecuencia de un conjunto de decisiones intervencionistas.

Que con el fin de corregir la crisis terminal que enfrenta la economía argentina y conjurar el grave riesgo de un deterioro aún mayor y mucho más grave de la situación social y económica, se debe reconstruir la economía a través de la inmediata eliminación de barreras y restricciones estatales que impiden su normal desarrollo, promoviendo al mismo tiempo una mayor inserción en el comercio mundial.” Le siguen 135 considerandos más…. (Fuente: Boletín Oficial, Decreto 70/23, 21 de diciembre de 2023).

[9] En términos de la Bajtín el enunciado tiene cinco rasgos constitutivos que lo caracterizan: el intercambio de los sujetos discursivos; la conclusividad; su inscripción en un género discursivo determinado; la entonación expresiva y, finalmente, el que siempre está destinado a alguien. Recordemos la distinción que Bajtin (1998, p. 262) realiza entre la frase como unidad de la lengua y el enunciado como unidad de la comunicación discursiva.

[10] Todo legislador, toda legisladora, ya sea oficialista como de la oposición, que levante la mano aprobando los términos del decreto estaría incumpliendo inmediatamente con su rol legislativo primario: el de defender las atribuciones del cuerpo republicano del que forma parte. Es que el decreto introduce, aún en los aspectos formales, incongruencias radicales e inadmisibles respecto de la inscripción en un género fuertemente codificado. Los destinatarios de esa práctica enunciativa se ven conminados, ya sea como oficialistas o como opositores, a desobedecer para obedecer. Se produce así un mandato doble y contradictorio, de imposible cumplimiento, una paradoja pragmática del tipo: No lea esto que está leyendo. Se trata de un camino que conduce a conductas esquizofrénicas que, como patrones comunicacionales aprendidos e instalados, se replican en el conjunto social.

[11]  “Cada enunciado separado es, por supuesto, individual, pero cada esfera del uso de la lengua elabora sus tipos relativamente estables de enunciados a los que denominamos géneros discursivos”  (Bajtín, 1998, p. 248).


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